EN MEDIO DE LA NADA
Puedes leer la primera parte aquí.
Alcancé el pequeño porche. Saqué la llave del bolsillo delantero del pantalón y, después de unos cuantos empujones y patadas, abrí hacia dentro la chirriante puerta de hierro.
Parte II
La casa estaba en penumbras y había un penetrante olor a encierro. Miles de motas de polvo se arremolinaron frente a mí, danzando en la luz que irrumpía por la puerta y las ventanas. Dejé caer la mochila al suelo y puse las llaves sobre una mesita. Sonreí. Me dirigí hacia las ventanas cubiertas por alambreras y giré las láminas de vidrio para que empezara a airear.
No había mucho que ver. Cocina, sala de estar y comedor ocupaban una misma habitación, y en el oscuro pasillo que se extendía frente a mí, dos delgadas puertas se enfrentaban. Una de ellas llevaba a mi dormitorio; la otra, al diminuto cuarto de baño.
Al final del pasillo, otra pesada puerta de hierro daba al porche trasero y al bosque que se extendía más allá. La alta y densa arboleda estaba mucho más cerca de lo que me había parecido en un principio. Pude sentir su opresiva presencia sobre mí. Como si de un momento a otro toda esa verdosa espesura fuera a caerme encima.
A mi izquierda, apoyadas sobre un lavadero de piedra, encontré una mopa y una escoba. Regresé al interior de la casa y comencé a limpiar. No pasó mucho tiempo antes de que la nariz empezara a fastidiarme: moqueaba y estornudaba sin parar, y al cabo de un rato decidí darle un descanso.
Consideré hacer una visita al pueblo para comprar suministros, pero preferí recostarme un rato; el sol seguía arreciando. Además, estaba agotada por el largo viaje. Ya habría tiempo para las compras.
Me tendí en la pequeña cama, regodeándome de mi nueva vida. Mis manos se deslizaron suavemente por mi cuero cabelludo, en busca de algún cabello que no encajara, y al cabo de pocos minutos me quedé dormida.
Avanzaba a gatas por un resbaloso piso enlosado, a través de un estrecho pasillo de paredes blancas. Me arrastraba en completo silencio y con sumo cuidado; el piso estaba inundado de sangre. Mi sangre. La sentía brotar de mi interior y deslizarse entre mis muslos.
No debía resbalar. Caería y no podría volver a levantarme. Entonces él me oiría, y si me oía, me encontraría.
Sentía la cabeza embotada; la debilidad embargaba mi cuerpo desnudo. Grandes coágulos se acumulaban entre mis dedos, pero mi vista estaba clavada en el frente, en la brillante abertura que había en la pared del fondo. Tenía que alcanzarla. Allí estaría a salvo.
Un repentino aullido resonó a mis espaldas, un grito de rabia. Me encogí del susto y cerré los ojos. Permanecí muy quieta, con el corazón palpitándome con fuerza; esperando lo inevitable. El eco del alarido seguía resonando en mis oídos y me obligué a abrir los ojos.
El pasillo había desaparecido. La más absoluta oscuridad me rodeaba. Yacía sobre mi espalda, tensa y entumecida. Él estaba allí, muy cerca, observándome. Podía sentir su presencia, su desagradable olor... Me había encontrado.
Sollozos ahogados salieron en tropel de mi garganta, sin poder contenerlos. Los ojos me ardían; apenas podía respirar. Forcé la vista intentando ubicarlo pero solo veía sombras, extrañas y grotescas sombras a mí alrededor.
Temblaba de pavor e impotencia; necesitaba calmarme. Abrí la boca e inhalé una enorme bocanada de aire dulzón. Fue entonces cuando advertí que mi cerebro amenazaba con explotarme el cráneo, y que la respiración me quemaba las fosas nasales. Inmediatamente después pude sentir el intenso calor que manaba de mi cuerpo, la resequedad de mis labios, el penetrante dolor en los huesos y, como si eso no fuera suficiente, aquel horrible y familiar regusto amargo en la garganta.
Estaba desorientada, aterrada. Hasta que, súbitamente, caí en la cuenta de que acababa de tener una pesadilla —una muy vívida—, y de que estaba enferma. Enferma y sola. Eso era todo. El alivio recorrió mi cuerpo. Afuera, en algún lugar de la abrumadora noche, un ave graznó.
«Todo fue un sueño», pensé. Todo, menos la fiebre. Y esa condenada jaqueca.
Fuentes de la 1°, 2° y 3° imagen del relato, editadas en Adobe Photoshop CS6.
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