Había leído el nombre de Virginia Woolf junto a los de Proust y Joyce, por semejanzas en su narrativa, pero sólo había leído el libro Dublineses del autor del Ulises; los demás nombres y esa área de la Literatura eran un terreno desconocido para mí.
Al faro (To the Lighthouse) es la quinta novela de Virginia Woolf y mi primer encuentro personal con la autora. Publicada en 1927, cuenta la historia de la familia Ramsay (padre, madre y ocho hijos) que visitan, junto a otros personajes, su casa en una isla escocesa en la que hay un faro. Dicho así, pareciera ser una saga familiar o una historia de generaciones, pero las 220 páginas de la edición que leí (Plutón Ediciones) en realidad cuentan los hechos de dos días, separados entre sí por diez años. La novela está basada en los recuerdos infantiles de los veranos que la autora pasó en la costa de Cornualles y centrada en la figura de una mujer, Mrs. Ramsay; sin embargo, no es ella quien cuenta la historia. Una narradora onmisciente se pasea por cada uno de los personajes y nos cuenta sus deseos, anécdotas, vivencias, pensamientos y todo cuánto bulle dentro de cada uno de ellos. Y digo narradora y no narrador porque una frase dice “Sin embargo, en su opinión, a una le agradaba Mr. Ramsay”; la opinión es la de Lily, pero esa una es la voz que nos narra toda la novela.
Woolf manipula el tiempo y la exploración psicológica en busca de una realidad más auténtica y esencial. Sentimientos, pensamientos y emociones son las cosas que dan profundidad a las acciones más simples. Sobre Mr. Ramsay, que es un reconocido filósofo, su esposa piensa “él era, de los dos, enormemente más importante”; sobre uno de sus hijos se nos cuenta “James, como odiaba a su padre...” y en una reflexión posterior Mrs. Ramsay considera (sobre su marido):
“A veces le sorprendía su capacidad de comprensión. Pero ¿se daba cuenta de la presencia de las flores?, no. ¿La del paisaje?, no. ¿Notaba siquiera la hermosura de su hija, o si estaba comiendo un asado o embutidos? Tomaba asiento a la mesa con ellos como si fuera un personaje de un sueño”
Y de allí podemos saber que ella tiene mayor sensibilidad, que él es más racional y podemos entonces dibujar mejor sus gestos, entender el tono con el que se dicen las palabras, o el por qué interpretan los gestos del otro de una manera y no de otra.
Los personajes hablan poco y dicen cosas triviales, pero por debajo de esa superficie en la que no ocurre nada significativo, observan, piensan, reflexionan y eso hace que esta novela (y al parecer, la obra de su autora) resulte tan interesantes. La primera parte de la novela transcurre en un día de 1910 y se centra sobre todo en Mrs. Ramsay, la tercera en un día de 1920 y gira alrededor de Lily Briscoe y su pintura, con el mismo tono instrospectivo del inicio; la parte central, la más breve de las tres, sirve para destacar el inexorable paso del tiempo, el deterioro de la casa y la muerte de algunos personajes, sirviendo de puente entre un día y otro.
A través de esas introspecciones, Woolf explora la lucha en el proceso creativo (en el caso de Lily), el drama familiar, la vida en medio de la guerra, el paso del tiempo, la superioridad que la sociedad del momento daba al hombre sobre la mujer, la paternidad, la maternidad, el amor, la soledad, la dependencia, la vida, la muerte, la pérdida y sobre todo la subjetividad y la percepción, porque a veces interpretamos las cosas que vemos, sin saber o sin poder saber qué las ha motivado, de dónde vienen y qué las condiciona. La novela puede parecerle lenta a los que están más acostumbrados al vértigo narrativo, pero siendo la Literatura una manera de explorar la humanidad, la prosa de Virginia Woolf es una buena manera de dar una mirada al interior de nosotros mismos y entender que, literalmente, como dicen en mi tierra: "cada cabeza es un mundo".
Reseñado por @cristiancaicedo
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