Saludos a todos esta es mi participación en la semana 101 del #Reto12votos organizado por @club12. Detalles aquí
A todos mis seres queridos, a quienes el chavismo arrancó de nuestra tierra o aisló de nuestros afectos, y a quienes en la distancia, luchan por mantenerse firmes en la convicción de que un día volveremos a abrazarnos.
La distancia, Mi querida madre está a tan solo un par de horas de camino y aún así esa distancia se agranda ante las limitaciones que nos ha impuesto las circumstancias que nos han tocado vivir. Mi equipo ha crecido y, por razones ajenas a mi voluntad, me he perdido buena parte de su crecimiento. Valeria, aunque no es mi hija biológica, quiso llamarme papá un día; esperaba poder darle el afecto y atención que su hermano tuvo. Sin embargo, está en la misma ciudad, a tan solo unos kilometros, y no puedo ni siquiera llevarle un medicamento para la fiebre. Hoy es uno de esos días. La pequeña Anna ya no se ve tan pequeña y ya sabe preparar pollo agridulce. Anna está un poco más distante, pero hasta hace poco Puerto Ordaz se me hacía cerca; podía ir y regresar el mismo día sin otro inconveniente más que un dolor de espalda. Hoy recibí estas fotos de su acto de promoción al primer año de bachillerato. Un momento esperado que se dio sin mayores celebraciones, sin público, sin fiesta, sin compartir con sus compañeros. Y, una vez más, tuve que negarle un abrazo. Vivian está mucho más distante en una etapa en la que más necesita afecto, orientación y un abrazo a tiempo. Bajando un poco más en el continente, algunos de mis hermanos han tenido que luchar contra muchas adversidades. Aarón, uno de los mayore (en Lima) y Jesús, el menor (quien no se deja ver mucho en fotos, en Huaraz, Perú). No la han tenido fácil y la pandemia terminó de complicarles las vidas. Aún así siguen luchando. De mi hermano menor, recibí la encomienda de dibujar a sus dos hijos pequeños, a quienes no conozco. Pronto estaré trabajando en esos dibujos como una muestra de afecto a unos sobrinos que me hubiera gustado ver crecer. También en Perú está mi hijo mayor, José, luchando con mucho aplomo después de una dolorosa separación por rehacer una familia y lograr metas personales. No he podido compartir con ellos en varios años ya. Mi nuera, que también se llama Ana, me resulta desconocida. Esta bien que los viejos no se metan en la vida de las parejas jóvenes, pero la distancia puede hacer que la vida de los jóvenes pase totalmente desapercibida. En una cultura como la nuestra, donde los padres nunca dejan de ayudar a los hijos, este tipo de distancia resulta dificil de tolerar. La parte más dolorosa de estas separaciones es perderse esa extensión de ti que hemos llamado nietos. Tengo poco contacto con el pequeño José Miguel. Aunque vivie también en Lima con su mamá, la distancia y los conflictos no han permitido que haya un minimo de empatía o voluntad para mantener los lazos familiares. La pandemia agravó la situación ya que ni siquiera mi hijo ha podido verlo en meses. Era a través de él que yo podía acercarme en un mensaje de voz o video llamada a este jovencito a quien desconozco de vivencias. Ignoro sus gustos, sus disgustos, sus temores u ocurrencias. De modo que me ha tocado, como a la mayoría de los venezolanos hoy día, ser hijo, padre, abuelo, hermano, tío, primo y amigo a distancia. La distancia en sí misma no es el problema. Por fortuna, esa distancia se ha visto acortada por la tecnología. Aún podemos conectarnos (algunos con más limitaciones que otros) via video llamada en tiempo real y compartir momento buenos y malos con nuestros seres querido. Aunque en la práctica todo eso está sujeto a horarios y servicios que no siempre funcionan y a la disposición anímica o emocional que a veces nos juega malas pasadas, luchamos contra el desanimo y la desesperanza para seguir diciendo, sin un nudo en la garganta: estoy bien, y tú, ¿cómo estás?.
cuando te ha arropado con carencias, acosos y rechazos,
puede servir de excusa para perderse en la lejanía.
Con cada paso de retirada,
el corazón acongojado,
cual deudor reticente,
solo aumenta el afecto adeudado;
se deja arrastrar por la insolvencia,
por el mensaje no enviado o contestado,
la llamada perdida,
el silencio guardado entre lágrimas de orgullo y verguenza.
La distancia
puede ser la marea alta que sorprende al caminante incauto;
la puerta cerrada que no nos deja ver
el solloso ahogado del que desde el piso,
en posicion fetal,
sacando fuerzas de flaqueza,
responde:
Estoy bien.
Fotografía de @imabby17
Si Carúpano o Puerto Ordaz parecen estar en otro país, Brasil parece estar en otra galaxia.
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